mudanzas para empresas
mudanzas para empresas

Tras más de doce años como emprendedor autónomo hay dos cosas que temo: comprar un ordenador nuevo y alquilar una oficina nueva. ¿Por qué? Porque eso implica mudanza, ya sea tecnológica o física.

Y si bien es cierto que, con el tiempo y los avances, la primera clase de mudanza se ha convertido en algo más sencillo gracias a la nube, la realidad es que uno no puede lidiar aún con todo lo físico de la misma manera.

Recuerdo los primeros tiempos como si fuera ayer, cómo sólo mirar la estantería del fondo y su fila de archivadores me desincentivaba a moverme de una oficina que ni siquiera me convenía, era estrecha, oscura y mal ubicada. Pero la realidad es que por aquel entonces trabajaba como asesor económico tradicional y, la administración manda, conmigo iban y venían todos los papeles necesarios que te exigen guardar durante años. Fue entonces cuando descubrí lo mucho que pesa el papel.

También recuerdo la frase de un buen amigo: «No te preocupes, hombre, si hace falta, ahí estoy con el coche». Y es que tener un vehículo grande hacía a este pobre amigo el blanco de todos los favores de mudanza.

No voy a negar que cometo errores igual que todo el mundo, y que ya no aspiro a que eso no me ocurra, pero sí a que esos errores se den lo menos posible, en las cosas menos importantes. Y uno de los errores que más me perseguía al principio de mi andadura era la incapacidad de delegar y el querer hacerlo todo yo solo. Mudanzas incluidas.

Tenía una enorme dificultad para dejar que otros hicieran cosas importantes, como el cuidado de esos papeles, contratos, impresos, formularios de hacienda, etcétera. Pensaba que la caja más importante siempre se caería al girar por una esquina. Típicos miedos de quien no puede dejar el control de las cosas a otros.

Y esta fue la realidad, que me pasé varias tardes enteras clasificando, embalando y archivando, para luego trasladar pesadamente en varios viajes, desembalar, clasificar de nuevo y reponer la oficina.

Si usted es un poco como yo, y le da pereza deshacer la maleta cuando vuelve de cada viaje, imagine esa sensación multiplicada por mil.

La primera mudanza fue un desastre, la verdad. Además de tener durante un buen tiempo unas cuantas cajas tiradas por ahí, y la oficina nueva a medio montar, la realidad es esta: las incontables horas empleadas en el proceso, si las hubiera facturado a clientes o dedicado a buscar más, probablemente me hubieran hecho rico y, sobre todo, una vez más aprendí, por las malas, que me salió mucho más caro hacerlo yo que delegar en profesionales.

La siguiente vez que me trasladé a otro centro de negocios ya había asimilado la lección. Ni siquiera sabía que había empresas especializadas en el traslado de oficinas, como por ejemplo esta de servicios de mudanzas en Murcia, pero es que, donde hay una necesidad real, suele haber un negocio.

Como siempre, cuando has hecho varias veces un trabajo, sabes perfectamente los escollos a los que enfrentarte, qué va a ocurrir, en qué poner cuidado… Antes de que digas nada, ya te señalan ellos lo importante, eso sí, siempre que contrates a verdaderos profesionales.

La tranquilidad de mente, la rapidez, el agradecimiento de mis lumbares, el poco tiempo que precisa estar la actividad parada por el cambio de infraestructura y, sobre todo, que no tuviera que dedicarme más que a mi trabajo, excepto para dar cuatro indicaciones rápidas, me despertaron por primera vez a lo que siempre digo: delega en profesionales todo aquello que no sea tu núcleo de negocio, porque el 99% de las veces va a ser rentable. Rentable en tiempo, esfuerzo, frustración y dinero.

Quien tiene el conocimiento y quien ha podido invertir en tecnología, como esas empresas especializadas de mudanzas empresariales, puede hacer del proceso algo indoloro y rápido.

De hecho, mi primer cambio fue desde un pequeño piso que estaba en una cuarta planta sin ascensor. Maravillosa epopeya bajar cajas en brazos y perder dos centímetros de altura para siempre cuando se te ocurre coger la mesa e intentar portearla por encima de la cabeza.

Ver que un camión eleva una plataforma y saca todo por el balcón cómodamente en menos de un cuarto de hora hace que pienses en cuántas cosas equivocadas hacías al principio.