Por qué todo el mundo entiende mal la productividad personal

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No soy muy amigo del tiempo, no llevo reloj y, en general y con la edad, me da esa impresión de que cada vez pasa más rápido, cada vez la Nochevieja llega más pronto.

Quizá por eso siempre he tenido un especial interés por la productividad personal. El tiempo es escaso y hay que aprovecharlo, pero la realidad es que yo, como muchos que intentan esa gestión adecuada del tiempo, estaba completamente equivocado.

¿Por qué? Porque yo al igual que muchos, enfocaba la productividad personal desde una perspectiva errónea. No es posible gestionar el tiempo, el tiempo es el que es, limitado. Y no importa lo que hagas, no vas a tener más de 24 horas al día. De hecho, el tiempo no importa en productividad, no tiene sentido centrarse demasiado en él.

Y no lo tiene porque hay que entender que la productividad y el que no hagamos lo que tenemos que hacer no es un problema de tiempo la mayoría de las veces, sino de energía.

¿Qué quiero decir? Pues que el tiempo no es el problema para hacer las cosas en la mayoría de los casos. Afrontémoslo, excepto casos muy raros de proyectos que se nos van de las manos (y cuya fecha se acerca peligrosamente) el tiempo no es el problema real.

«Me gustaría hacer X, pero no tengo tiempo», esa es la frase más repetida y falsa de la historia. ¿De verdad no tenemos 30 minutos para hacer deporte o una hora para estudiar? ¿Cuánto gastamos en Facebook, Twitter y similares? ¿Cuánta tele o Youtube vemos? ¿Cuánto tiempo perdemos en tonterías?

Un montón. El tiempo no es el problema.

A veces pensamos: «Si tuviera una semana libre, la dedicaría por entero a lo que quiero por fin». A escribir esa novela o a ponerme con el proyecto personal de turno. Pero la realidad es la siguiente, si yo tuviera una semana libre para hacer eso, y me levanto y me pongo a escribir (por ejemplo), a las dos horas (con suerte y si no me he distraído) ya estaría «vacío».

Aún me quedarían unas buenas nueve o diez horas horas por delante, pero no sacaría nada, porque da igual que dedique un día entero, una semana entera, o que me retire a una cueva durante un mes. Estaría agotado tras esas horas, necesitaría recargar, las ideas ya no fluirían, mi cuerpo y mi mente me dirían que hiciera lo que sea, pero que cambiemos de actividad.

Casi nunca es una cuestión de tiempo, la productividad es una cuestión de energía.

La fuerza de voluntad es un recurso finito, es algo que se ha demostrado una y otra vez. Si la gastas trabajando, por ejemplo, ya no te queda para cuando llega el tiempo de dedicarte a lo que te gusta. Si la gastas navegando por tonterías en Internet o en ese debate estéril de Twitter (estéril es un epíteto que le sobra a debate cuando se trata de redes sociales), ya no te quedará energía para hacer bien lo que quieres hacer.

Así que el tiempo, que además es limitado y no podemos influir en él, no importa realmente. La productividad es una cuestión de saber gestionar nuestra energía. De no gastarla en actividades de bajo valor y de saber recargarla adecuadamente para tener más llegado el momento.

Yo no poseo una fuerza de voluntad prodigiosa. Por eso preciso construir una rutina y cumplirla. Las primeras horas nada más levantarme no son para el email, ni las redes sociales ni esas actividades de mi agenda que son agradables o más fáciles. Son para lo importante, porque es el momento en que más energía tenemos.

Y por eso elimino distracciones (verdaderos sumideros de energía) y no trato de pensar, sé lo que tengo que hacer y me pongo y ya está.

Igualmente, de un tiempo a esta parte nada ha mejorado más mi productividad que gestionar mis descansos. Es decir, cargarme de energía adecuadamente. Por eso empleo mi ocio en actividades de calidad que me recargan, en vez de drenarme. Proyectos personales que me apasionan, una siesta breve después de comer, leer y aprender. Apenas participo ya en redes sociales, no les dedico ni unos 10 minutos diarios, y le garantizo que eso es genial y no echo nada de menos.

Intento cerrar todos esos agujeros en el casco de mi nave por donde se me va la preciosa energía, porque tenemos una cantidad limitada cada día y quiero emplearla en cosas que merezcan la pena.

Y si veo que la cosa no va bien ese día (pasa a veces y pasa a todos), entonces uso la gestión de mis descansos. Desconecto, paseo o leo un rato hasta recargarme. Al contrario que con el tiempo, con la energía sí tenemos margen de maniobra.

Y es que no hay que caer en el error en que yo caía. La gestión del tiempo es un mito, el tiempo es el que es. Todo en productividad es una cuestión de gestión de energía. Volvernos expertos en eso es volvernos expertos en productividad.

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