marca personal
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Siempre he estado interesado por saber cómo hacer mejor las cosas. Para ello, la herramienta más útil es siempre ver lo que hacen los mejores. Así que durante un tiempo estuve estudiando el rendimiento deportivo de elite.

No se extrañe, se trata de rendir al máximo en situaciones de estrés, contra competidores que también pertenecen a esa elite.

Saber lo que ellos saben es algo muy útil, porque se produce un fenómeno interesante. Hay capacidades y habilidades que se pueden trasladar de unos ámbitos a otros.

Si es emprendedor o tiene un trabajo exigente en una empresa, lo de: «rendir al máximo en situaciones de estrés, contra competidores que también pertenecen a la elite», le habrá sonado familiar.

Por eso vamos a ver aquí lo más importante que enseñan ahí y que, curiosamente, es el elemento común que se da en todo buen entrenador y preparador que ha creado competidores de elite.

Y es algo que va a poder aplicar a su día a día.

El elemento común en todo competidor de elite

Leyendo sobre métodos de aprendizaje, entrenamiento y rendimiento a la hora de hacer algo, todo preparador tenía un punto en común. No les importaba si el deportista tenía éxito en el resultado de lo que intentaba, sino si lo estaba haciendo de la mejor manera posible.

O lo que es lo mismo (y que debemos grabarnos a fuego).

Lo importante es centrarse en el proceso, no en el resultado.

¿Por qué?

Porque si sigues el proceso correcto, una y otra vez, al final, necesariamente, alcanzas el mejor resultado que puedes.

Y otras veces no, porque la suerte y el «timing» y otros factores fuera de nuestro control influyen también. Pero centrándonos en realizar el mejor proceso posible, al final llegan los resultados que hayan de llegar.

Y lo que es más importante, al final se consigue la maestría en lo que haces.

La maestría no es una cuestión de éxitos, pues cualquier tonto puede tener éxito en el día adecuado. La maestría es una combinación de muchísima repetición de algo, intentándolo hacer de la manera más perfecta posible. Y ese es el objetivo, centrarnos en hacerlo lo mejor posible.

Una de las cosas en las que más se insiste en el entrenamiento de elite, tanto deportivo como militar, es en no hacer las cosas rápido, sino bien, especialmente al principio. Si lo haces mil veces centrándote en seguir el proceso perfecto, la velocidad viene sola con el tiempo. Pero si lo haces mal, la perfección no viene sola tras mil repeticiones mediocres, al contrario, vienen los vicios.

Y eso es en lo que más se fijan muchos entrenadores e instructores, siendo una constante en sus métodos y biografías. No se preocupan del resultado, sino del proceso.

Eliminando al peor enemigo

Hay un enemigo muy peligroso que un mentor me enseñó hace muchos años. Por entonces no lo comprendí del todo, pero cuando aprendes de verdad, mucho tiempo después, esa pieza encaja en toda su magnitud.

Ese mentor me enseñó a no tener «ansia de resultado». Es decir, a amar el proceso y no medirme por el resultado. Más fácil de decir que de hacer, pero nadie dijo que las cosas importantes fueran fáciles.

En el rendimiento de elite, el éxito no es ganar el partido, marcar el tanto, etc. Es haber realizado las cosas de la mejor manera posible.

Si hemos hecho el proceso que toca, ese es el verdadero éxito, que la bola haya entrado o no, de momento, no nos importa para crear a los mejores.

Puede parecer paradójico, pero es la manera de la elite. Cuando te centras en eso, de manera natural llegan los mejores resultados de los que eres capaz. Cuando te centras en el resultado final, y esa es tu única medida del éxito, no es raro sabotearse a menudo, debido a ese ansia por el resultado.

Cómo aplicar esta enseñanza

Este punto vital puede ser aplicado a muchas áreas de nuestra empresa, pero, sobre todo, tiene que ver con:

  • El producto.
  • La productividad personal.

El producto

Respecto al producto, si nos enfocamos con todo el cariño y cuidado posible en hacer lo que hacemos, de la mejor manera que sabemos, al final tendremos la mejor oferta de la que seamos capaces.

Suena a labor de artesano y realmente lo es. Muchos pierden de vista que los productos están hechos para dar valor y resolver problemas. Hoy en día está de moda crear algo, lo que sea, para que una empresa más grande te lo acabe comprando o para «vender por vender», como esas películas y libros manufacturados.

Pocas veces funciona eso y, si no tenemos esa mentalidad de artesano, intentando centrarnos en hacer nuestro servicio o producto de la mejor manera que sepamos, no vamos bien.

La productividad personal

Este es el punto en el que más quiero incidir hoy en la práctica. Muchas veces nos ponemos objetivos y medidas de éxito a las que no llegamos, o llegamos de manera precipitada con las cosas a medio terminar.

Yo mismo he caído en esa trampa a veces. Al final sólo consigues frustración por no acabar a tiempo, o porque las cosas no han quedado de la mejor manera.

Por eso, si nos vemos agobiados por ese proyecto que no terminamos nunca, por esa campaña que no acaba de hacerse o por ese trabajo que no sacamos adelante, paremos. Está claro que no funciona ponernos fechas ni límites, en esos casos, me centro en el proceso más que nunca.

Lo que hago es lo siguiente, en vez de ponerme una nueva fecha para terminarlo, me aparto en mi agenda un tiempo diario para trabajar en el proceso, por ejemplo una o dos horas.

Así, en esas dos horas diarias, me pongo con el proyecto y me centro en el proceso de hacerlo lo mejor posible. Si he estado esas dos horas sentado y trabajando en lo que debo, entonces he tenido éxito. Unos días avanzo un montón y otros apenas tendré un resultado tangible. No pasa nada, en todo proyecto importante ha de haber de unos días y de los otros.

Al final, cuando me centro en el proceso suelen ocurrir dos cosas:

  1. Muchas veces hago más de lo que hacía antes, cuando las fechas y el «output» eran lo más importante.
  2. Hago muchísimo mejor trabajo. Porque centrarte en el proceso es el camino para ello.

Cuando se sienta atascado, cuando quiera mejorar, cuando quiera hacerlo como la elite, párese, aparte un tiempo e intente hacerlo lo mejor posible en ese tiempo, sin importar la velocidad o los resultados finales.

Recientemente se ha puesto de moda una corriente de productividad que conecta con esto. Propugna que ponerse metas es contraproducente y aboga por trabajar sin ellas.

Personalmente, me siguen funcionando bien esas metas y algo de presión, con lo que no las he desechado, al contrario. Pero entiendo dónde quieren llegar, porque se trata de centrarse en el proceso e intentar hacerlo lo mejor posible.

Esa es la verdadera medida del éxito y así es como lo hacen los mejores. Dos motivos importantes para hacerlo nosotros.

Así pues, para lo próximo que quiera aprender, realizar o trabajar, use lo mismo que usa la elite, céntrese en el proceso, abandone lo erróneo de medir el éxito por el resultado final.

Siéntese, haga lo que tenga que hacer y, si lo hace de manera constante y lo mejor que pueda, está teniendo todo el éxito del mundo, se lo aseguro.

Y así, paradójicamente, es como resulta más probable que acabe viniendo el resultado, cuando no lo ansías.