El peor enemigo de un emprendedor 2
El peor enemigo de un emprendedor 2

La semana pasada vimos cuál era el enemigo principal de un emprendedor y cómo hacerle frente. Hoy vamos a continuar, mostrando el resto de estrategias prácticas para hacer de una vez por todas lo que tenemos que hacer y no perder nuestros días, y nuestra energía, en tareas de bajo valor y demasiada exigencia de trabajo.

Estrategia 2.- Bocados pequeños

Si el primer requisito para vencer la inercia y poner en marcha cosas es tener claro qué tenemos que hacer en concreto, el segundo es hacer esas acciones lo más pequeñas que podamos.

Si la tarea por delante es titánica vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano por evitarla, nos vamos a contar las excusas más increíbles y al final todo se quedará sin poner en marcha.

Si hemos decidido que por fin nos vamos a poner en serio con el Marketing y lo primero que tenemos que hacer es tener un plan, que la primera acción no sea: «Hacer el plan de Marketing».

Aunque eso es una tarea concreta, la mayoría de las veces que la leamos diremos: «Ahora no tengo tiempo» o «Buf, eso es mucho y ahora no puedo, debo llamar a Pepe y luego visitar a Juan».

Sin embargo, si dividimos en bocados pequeños la montaña no parecerá tan grande y no nos desmotivará antes incluso de haber comenzado. «Detallar los 3 objetivos críticos que quiero alcanzar con el plan» o bien: «Detallar los medios principales de promoción que voy a usar» son tareas del plan mucho más asequibles y que no suenan como un trabajo de titanes.

Estrategia 3.- Simplemente empezar

He aquí uno de los trucos más insidiosos que la inercia usa para derrotarnos: hacer lo que debemos es más difícil en nuestra cabeza que en la realidad.

Cuando nos ponemos y empezamos, el 90% de las veces no es para tanto, de hecho en muchas ocasiones la tarea resulta incluso reconfortante y agradable porque, además de no ser tan terribl. En parte es gracias a la sensación de que estamos trabajando en lo que realmente va a darnos beneficio.

Por eso lo más difícil es vencer esa primera barrera mental que hace que no nos sentemos, que nos entre urgencia por consultar el correo, ver cualquier cosa en Internet, o que se despierte la necesidad de hacer una llamada en vez de ponernos a ver cómo podemos mejorar el servicio y la comunicación que tenemos con nuestros clientes actuales.

Si simplemente nos sentamos y empezamos (con algo preferentemente pequeño) tenemos más de la mitad de la batalla ganada. Porque luego el monstruo no es tan feroz casi nunca, el momento más difícil es romper esa inercia inicial, tras eso pondremos el impulso a favor en vez de en contra.

Hagamos caso al eslogan de Nike, simplemente hagámoslo. Cuando nuestra cabeza comience a inventar excusas, hacer aflorar urgencias falsas, etc. no le escuchemos, aguantemos la tentación unos minutos y pongámonos simplemente a la tarea, ignorando toda esa andanada de excusas. En cuanto empecemos la mayoría de las veces esa charla mental se callará.

Estrategia 4.- Tener en mente por qué hacemos lo que hacemos.

Todos queremos mejorar resultados, queremos que nuestro negocio prospere y queremos más clientes… Pero ¿Para qué? ¿Por qué?

Muy pocas veces nos hacemos esa pregunta, muy pocas veces tenemos en cuenta por qué hacemos lo que hacemos como emprendedores.

¿Es porque queremos cumplir nuestro sueño de siempre, porque tenemos que alimentar a nuestra familia o porque queremos demostrar que quienes decían que no podíamos se equivocaban?

¿Es sin embargo porque algo hay que hacer en esta vida, porque nuestro antiguo jefe era insoportable y estábamos hartos de recibir órdenes o somos empresarios por pura necesidad?

Todos tenemos un porqué a la hora de plantearnos el motivo de nuestro negocio, pero con el pasar de los días lo olvidamos. Nos levantamos cada mañana y nos ponemos como robots a hacer cosas sin recordar muy bien por qué las hacemos realmente. Entrar en ese estado es muy peligroso, nos garantiza casi completamente que nunca vamos a arriesgarnos mucho, ni hacer el esfuerzo de dedicarnos de una vez por todas a lo que tenemos que hacer de verdad para mejorar resultados.

Pasaremos las jornadas contestando correos, haciendo «lo de siempre», esperando que alguien llame o entre… Nos dejaremos llevar ya que cuando uno tiene un porqué sabe perfectamente dónde va, pero cuando ese motivo fundamental se va diluyendo, vamos descuidando el timón y entonces es la corriente la que nos lleva.

Para que esto funcione no sólo tenemos que tener un porqué para hacer las cosas, sino también que sea suficientemente motivador.

Puede que con nuestra iniciativa queramos ser más libres y hacer lo que siempre quisimos o que, como le pasa a un buen amigo, lo haga por su hija pequeña recién nacida lo cual le impulsa, sin vacilación ninguna, a ponerse a visitar gente, aprender lo que funciona, ponerlo en marcha, hacer llamadas y extender cada día el nombre de su empresa… Aunque no esté seguro de que todo vaya a funcionar, sabe que ese camino, a veces ingrato, es la única manera de llegar más lejos y tiene sin duda el mejor de los motivos para dedicarse a ello. Le basta con pensar un poco en su porqué y enseguida se mueve.

No es lo mismo ponernos con esa tarea desagradable porque sí o ponernos porque somos conscientes de que es necesaria para luego disfrutar de esa libertad que queremos conseguir o cualquier otro objetivo que queramos alcanzar con nuestro negocio.

Si pensar en la razón de por qué hacemos las cosas no nos incentiva y nos mueve urgentemente a, por ejemplo, poner en orden de una vez por todas nuestro marketing, entonces es posible que no estemos haciendo lo que hacemos por el motivo adecuado.

Duro pero cierto, pensar en lo que queremos conseguir nos debe motivar a hacer todos los días lo que tenemos que hacer. Sin embargo, en muchos casos he visto pequeños emprendedores que se encogen de hombros porque ni siquiera están muy seguros de por qué hacen las cosas. Su motivo es sobrevivir cada día y que les dé lo bastante para comer. La supervivencia o razones difusas no suelen ser un motivo suficiente que nos ayude a vencer la inercia.

Estrategia 5.- Eliminar todos los aliados posibles de la inercia.

Hace poco mi proveedor de Internet tuvo una avería grave, un corte en uno de los cables principales que llevaban a Madrid, creo, algo así me dijeron por teléfono. El resultado fueton unas 36 horas sin Internet.

Primero fue frustrante y me preguntaba qué hacía yo antes de Internet. Después fueron algunas de las horas más productivas que recuerdo.

Si queremos ponernos a hacer que lo que tenemos que hacer eliminemos todas las distracciones posibles.

Mesa limpia y lo más vacía posible, móvil en silencio, teléfono e Internet desconectados, pedir a compañeros o socios que no nos interrumpan si no es estrcitamente necesario…

La inercia va a usar todos los trucos a su alcance para que pase el día y no hayamos hecho nada relevante. Quitemos de nuestro alcance todas las distracciones posibles y estaremos reduciendo sus posibilidades.

Estrategia 6.- Ser conscientes de esta realidad: Todo aquel que ha conseguido algo con su empresa lo ha hecho porque se ha esforzado en mejorar y nunca le ha resultado fácil

Quien conozca un poco la vida de Bill Gates sabrá que no siempre tuvo un imperio todopoderoso. Cuando era joven y estaba comenzando con su empresa se pasaba noches sin dormir y días sin comer escribiendo código. Sabía lo que tenía que hacer y lo hacía. Punto. Eso es todo lo contrario a saber lo que uno tiene que hacer pero no ponerse nunca a hacerlo.

Y no resulta fácil. Que no nos tomen el pelo, los éxitos «de la noche a la mañana» son el resultado de años anteriores de preparación.

Esa es otra realidad que tenemos que tener muy en cuenta para sentarnos y ponernos a hacer lo que debemos. Si queremos resultados ese es el camino.

Recientemente estaba viendo un vídeo donde varios emprendedores de éxito relataban sus inicios y el denominador común era que los primeros años eran muy duros y había que ponerse a hacer las cosas contra viento, marea y desmotivación, sin ver resultados aparentes. Hasta que al final la acción constante, durante bastante tiempo, fue lo que les llevó a estar donde estaban.

La lotería existe porque se aprovecha de que en todo ser humano hay una pequeña parte que cree que puede conseguirlo todo a cambio de nada, o de muy poco. Pero ese sueño no es real, es más probable que nos caiga un rayo a que nos toque la fortuna con muchos millones por un boleto.

Eliminemos esa mentalidad de raíz. Igual que somos conscientes de que para hacer una tortilla hay que romper los huevos, y ese es el proceso natural, también tenemos que ser conscientes de que, si queremos llegar lejos con nuestro negocio, es cuestión de un proceso natural de hacer lo que tenemos que hacer aunque a veces no sea grato. Es una cuestión de probar y fallar, de derrotas y victorias.

Cuando somos realmente conscientes comprobamos que vencer la inercia, por incómodo que sea, forma parte del proceso natural, igual que levantar pesas forma parte del proceso natural de generar músculo. Y entonces lo hacemos porque sabemos que cada vez que nos pongamos a ello estamos dando un paso hacia lo que deseamos, aunque no parezca que veamos resultados de la noche a la mañana.

Estrategia 7. Convertirse en un profesional

Steven Pressfield en su fenomenal libro The war of Art habla de este tema y él lo denomina «la Resistencia» (así, con mayúsculas). La estrategia principal que propone para vencerla es convertirse en un profesional, en contraposición a ser un amateur. Personalmente esta técnica con alguna variación, me ha resultado francamente útil.

El amateur apenas intenta nada de manera muy constante, se pasa el día anhelando, deseando y quejándose a todo el mundo de que pocas cosas funcionan, mientras que si miras lo que ha hecho durante el día ha sido sólo anhelar. Pasar un montón del tiempo que le sobra haciendo tareas de poco valor y retrasando las fundamentales, quejarse de lo mal que está todo e intentar convencer a los demás de lo mismo.

Terrible manera de ser, y muy común.

El profesional, sin embargo, no cae en esas actitudes y las ignora completamente si surgen a su alrededor. Él «ficha» todos los días a su hora, dedica la mayor parte de su tiempo a hacer lo que tiene que hacer aunque llueva o nieve, consigue llegar lejos, que sucedan cosas y es consciente que pocas batallas se ganan sin esfuerzo. Especialmente cuando se trata de un enemigo tan feroz como la Resistencia que a tantos otros emprendedores ha vencido por el camino.

El profesional no es como el amateur que emplea el tiempo que le sobra dando una pincelada aquí y otra allá. El profesional es ese al que llamas cuando necesitas que las cosas se hagan. El que llega y hace.

¿Qué somos en nuestra actividad, profesionales o amateurs?

Hacerse esa pregunta le pone a uno realmente en perspectiva. Si somos profesionales, ¿nos comportamos de verdad como tales? ¿nos dejamos de quejas y excusas y nos ponemos a lo que tenemos que hacer la mayor parte del tiempo?

Si alguien que conoce como somos realmente nos ve desde fuera, ¿de verdad piensa que somos profesionales y que nos llamaría cuando necesita que el trabajo se haga?

Como Pressfield comenta, todos tenemos la capacidad de ser profesionales. Es un acto de voluntad que muchas veces supone un cambio muy importante, un punto de inflexión que determina que por fin caminemos por el sendero adecuado.

Z«El profesional ama lo que hace y sabe que tan pronto como acuda a su lugar y comience a trabajar, lo demás vendrá por sí solo». (Steven Pressfield The War of Art)

¿Somos profesionales o somos amateurs en nuestra iniciativa?