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Parece que en España no sólo no se quiera incentivar a emprender, sino que, a veces, se pongan obstáculos cada vez más altos, que a un emprendedor le cueste saltar.

No hace mucho, un amigo, pequeño empresario e ingeniero, me comentaba que andaba perdido en los trámites necesarios para contratar a una serie de personas que debían realizarle una aplicación informática. Me preguntó si, por los viejos tiempos en los que yo era asesor de empresa en un sentido más clásico (fiscal, laboral y contable), le podía echar un cable. Le dije que claro y le recomendé lo que recomiendo a todo el mundo en estos casos.

Deja esas tareas en manos de expertos, aprende a delegar en una asesoría laboral de calidad, como por ejemplo Lliteras & Cia.

Cualquier dinero empleado en eso no es dinero gastado, es dinero invertido y que resulta rentable.

El problema de no comprender el valor de nuestro tiempo como emprendedores

Mi amigo tiene la función de presentar un prototipo de su producto a inversores que esperan bastante de él, francamente. Sus tareas por delante son muchas y no tienen nada que ver con el tema laboral, que debería estar delegado externamente.

Le recordé una cosa, que él era ingeniero industrial y que sus ocupaciones como fundador de una empresa son, por tanto, producto y marketing principalmente. A eso debe dedicarse esencialmente.

Además, como empezaba a darse cuenta al conocer sobre el tema, la realidad de las leyes laborales en España es que es farragosa y compleja.

En este país los gobiernos se empeñan más en legislar, y cambiar las cosas sólo para parecer que han hecho algo durante su tiempo ahí, que en resolver problemas.

«Mira», le dije, «a pesar de las supuestas simplificaciones contractuales que se intentan hay cuatro tipos básicos de contrato en España. Dentro de esos tipos hay cláusulas y permutaciones que abren multitud de opciones, de hecho, entre contratos temporales, de prácticas, fijos, etcétera, hay virtualmente 48 variaciones entre las que navegar. 48 variaciones sobre las que aprender y en las que no meter la pata a la hora de gestionar ante Seguridad Social y Trabajo».

¿Cuánto tiempo tardaría mi amigo en tener un conocimiento más o menos capaz del tema? Y sobre todo: ¿Cuánto cobraría mi amigo si ese tiempo lo facturara a un cliente? Mucho, ya lo anticipo. La realidad que nos cuesta ver es que mientras mi amigo se dedica a aprender todo eso sorbe leyes, no está facturando a clientes porque no está haciendo su trabajo principal.

Eso es lo que en economía se suele llamar coste de oportunidad, y es lo que muchos emprendedores no entienden. Creen que haciéndolo todo ellos ahorran unos euros, cuando en realidad están entregando, en una proporción muy poco rentable, su recurso más valioso, que es el tiempo del que disponen.

Tiempo que, no me canso de insistir, en casos como esos debe estar destinado, principalmente, a mejorar el producto que ofrecemos hasta hacerlo el mejor del mercado y en realizar acciones de marketing que traigan más gente hasta la puerta de nuestro negocio, porque ya quedaron lejos los tiempos en los que abrías algo y venían solos.

Sin embargo, esta manera de valorar nuestro tiempo como emprendedores no sólo no está apenas integrada, sino que tenemos bien dentro la (muy poco rentable) noción contraria.

Las ventajas de confiar en un experto

Contrastemos eso con dejar el caso en manos de un experto.

Para empezar, si hacemos el cálculo anterior de horas facturadas, una asesoría laboral competente sale mucho más barata en prácticamente todos los casos, con lo que económicamente y sólo mirando eso, ya tiene todo el sentido delegar aquello en lo que no somos expertos y que no tiene que ver con el núcleo principal de los negocios.

Para seguir, la experiencia y el conocimiento de una buena asesoría laboral permite que, una vez expuesto nuestro caso particular, ellos sepan, rápidamente, cuál de todo ese casi medio centenar de opciones nos conviene. Especialmente en contextos tan complejos como ese, un experto es una ayuda más que nunca. Eso nos ahorrará quebraderos de cabeza, y más costes, en el futuro.

Para terminar, no es sólo ese conocimiento, es que la ejecución de esos contratos y de cualquier trámite que haya que realizar va a ser mucho más experta, rápida y nos va a proporcionar, además de tiempo que dedicar a generar ingresos en nuestra iniciativa, tranquilidad de mente porque estará bien hecho y no se habrá pasado nada por alto.

Es increíble cómo aún, a estas alturas, a nuestra cultura emprendedora le cuesta integrar conceptos tan básicos como que nuestro tiempo es lo más importante, por eso deberíamos protegerlo todo lo que podamos, emplearlo en lo principal: generar valor con el producto y clientes que traigan ingresos.

Que este ingeniero esté aprendiendo sobre leyes laborales sólo consigue que el proyecto principal está parado. «¿Cuántos euros estás generándole a tu negocio mientras estás pegado a una web que puede o no puede darte una información fiable que has de asimilar y dominar?» Le pregunté.

Y sobre todo, ¿cuánto dinero podría ganar si estuviera intentando firmar otro contrato como el del proyecto para el que necesitaba a esos programadores?

Esas son las preguntas de calidad que tenemos que hacernos como emprendedores, y la respuesta es la misma que doy siempre: delegar en expertos es lo más rentable en casi todos los casos.